Pequeña Sara

Acaricia el cálido cuerpo de su pequeña, dormida a su lado y ajena al miedo que atenaza a su madre. Se estremece al pensar que, tal vez, algún día, ya no pueda estrecharla, olerla, sentirla. No soporta la idea de abandonarla, de nunca más poder susurrarle al oído cuanto la quiere. Su amarga tristeza brota de su debilitado cuerpo en forma de lágrimas que humedecen la almohada, justo en el mismo instante en que suena la alarma de su móvil.

Su mente parece ofrecerle una tregua mientras prepara el desayuno. No hay día ni momento en que no piense en lo peor. En un acto reflejo, busca con su mano izquierda su pecho derecho. El mismo que hace unos meses alimentaba a su propia hija. Pero encuentra un vacío al que no se acostumbra. Vacío que intenta cubrir lavando los platos acumulados en el fregadero, recogiendo los juguetes esparcidos por la cocina o buscando la ropa para la pequeña Sara. Todo antes de salir de casa y a pesar de su cuerpo dolorido y fatigado por meses de lucha y medicación.

Sale a la calle después de ajustarse reiteradas veces la peluca. Ya le ha crecido el pelo, pero no se atreve a hacer tan evidente su enfermedad. Dejará a su bebé en la guardería y, después de seis meses de baja, se incorporará al trabajo. Lleva días auto convenciéndose: «Me ayudará a desconectar y a liberarme de tanto pensamiento negativo». Aunque realmente, le preocupa bastante cómo van a reaccionar sus compañeros.

En el metro, camino de la oficina, le entra un asfixiante ataque de tos. Uno de tantos efectos secundarios de la quimioterapia. Observa a la gente y no puede evitar repetir como un mantra por qué a ella. Los ve felices, despreocupados, despistados, ausentes y tranquilos y le parece muy injusto.

«Por qué a mí».

Llega exhausta a casa. No tendrá fuerzas ni para cenar. Desviste a su párvula y se acuesta junto a ella, deseando que no llegue el día en que puedan acabar estos instantes. Siente su corta respiración a escasos centímetros de su rostro y se deja acariciar por sus diminutos dedos. Sara busca un cabello que le ayudaba a relajarse pero que ya no existe.

Le susurra una bella canción de cuna hasta que la duerme. A ella, sin embargo, le cuesta conciliar el sueño. Piensa en los informes que le ha pedido su superior para mañana. Los presentará antes de ir a la consulta de su oncóloga, quien le dará los resultados de las muestras de la mastectomía. De repente siente un vértigo insoportable. Llora.

Presentará los informes, recogerá los malditos resultados, hará la compra, las tareas de la casa y la comida de toda la semana. Se desvela, atormentada por lo cruel, implacable e injusta que últimamente le parece la vida. Pero seguirá luchando por ella, por Sara.

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